martes, 29 de enero de 2013

EL ECO DE UN NOMBRE

¿has pensado alguna vez en el poder de las palabras?, ¿en el poder de tu propio nombre?

Como otros muchos, me pregunto cual será la relación entre las cosas y las palabras que les dan nombre. Si vuelvo la vista atrás, el pensamiento primitivo desvela una creencia muy arraigada, los nombres no son símbolos arbirarios sino parte vital de lo que definen. Sin embargo, esto entra en conflicto con otra gran voz que no es otra que la del filosofo Platón, que  ya cuestionó esta relación en el Crátilo, donde parece negarse esa conexión necesaria entre las palabras y las cosas. 

Esta extraña relación entre el logos y el mundo ha dado lugar a hábitos y creencias que se repiten en todo el mundo. Así encontramos aborigenes australianos ocultando palabras a los bárbaros, a los antiguos egipcios que contaban con segundos nombres propios ocultos... Jaques Vaudier resume así el énfasis de estas tradiciones: "basta saber el nombre de una divinidad o de un ser divinizado para tenerlo en su poder". Existe pues una debilidad correlativa a ese poder que ocultan los nombre.   y me pregunto ¿existe esa fuerza/debilidad para quien tiene o posée un nombre, para todo aquello que puede ser nombrado, o para quien es capaz de pronunciarlo, de quien es capaz de nombrar?

En esta línea, topamos de frente con la religión. fijémonos en el Éxodo, Moisés pregunta a dios su nombre, a lo que el responde: SOY EL QUE SOY . (¿soy el que puede ser nombrado?o mas fuerza el ser, soy el que nombra?) Volviendo a la fuerza de dar o tener nombre, descubrimos en el mismo anhelo de Moises una busqueda de significado, de sentido. Moises quiere saber quien o qué es dios. Moises desea en propias palabras de Vandier, poseer a Dios, ¿pues acaso no descubrimos y conquistamos con palabras? 

"los límites de mi  lenguaje son los limites de mi propio mundo; no paramos de chocar con las paredes de nuestra jaula"       Wittgenstein

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