Cuando el hombre fue consciente de su propia existencia, de su relación con los otros y con la naturaleza, del tiempo, de los acontecimientos, vio maravillado cómo un horizonte infinito de cuestiones se desplegaba ante él y una sed irracional, un ansia de respuestas, una inquietud se instalaban en él; un halo de misterio que todo lo envuelve, una dependencia manifiesta a la intriga, a caminar un paso por delante de la falacia y a un paso por detrás de la verdad. La inercia humana, el devenir, el movimiento significado, vivir.
Como exponía Platón, todo arte responde a una idea arquetípica, cuando hacemos arte en este mundo concreto, intentamos reproducir (fielmente, o no tanto) el arquetipo de manera clara. Lo importante es la idea que da sentido al arte. En el caso específico del arte del teatro, es la armonía de la vida la que se busca, las leyes de la vida. La necesidad de reflejar, de repetir determinados acontecimientos de la vida para buscarles sentido creó así el teatro. Buscando penetrar al sentido más profundo, a encontrar las leyes que rigen la vida humana relacionándola con elementos superiores como dios, dioses, héroes o destino.
Las primeras representaciones teatrales eran actos religiosos en el sentido de religar al hombre con una realidad superior. No hubo pueblo en la antigüedad que no tuviera estos primeros misterios divinos bajo la forma de teatro, intentando representar en la tierra lo que alguna vez paso en lo alto -Un teatro iniciático en cuanto a toma de contacto con esas leyes de la naturaleza que son misterios para los seres humanos-. Lo importante no era crear una ilusión en los espectadores, sino despertar imágenes, ideas, intuiciones. Era el movimiento de los actores, sus palabras y lo que el espectador puede sentir. El teatro iniciático unía al hombre a los principios divinos.
